Sin Evo

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La caída de Evo Morales deja a Maduro aún más aislado

Lula libre, pero Evo fuera. Mientras el ex presidente brasileño salía de prisión, la caída del hoy ex presidente boliviano era una posibilidad latente tras el fraude electoral del pasado 20 de octubre. Y a diferencia de Venezuela, la clave fue la decisión de las Fuerzas Armadas bolivianas y los organismos de seguridad del Estado de oír el clamor popular, movilizado por un Cabildo Ciudadano, y no legitimar una usurpación presidencial.

La caída de Evo no deja de tener directas implicaciones en la tragedia venezolana. Sin Evo, el eje del ALBA iniciado en 2004 por Chávez y Fidel Castro queda de facto sepultado. Hoy sólo quedan Maduro, Díaz Canel en Cuba y Daniel Ortega en Nicaragua. El Ecuador de Lenín Correa anunció en 2017 su salida del ALBA. El nuevo gobierno de El Salvador rompió relaciones con Maduro. Y si bien el Foro de São Paulo, complementado con el -Grupo de Puebla de Zapatero, vuelve a la carga para recuperar espacios de poder continentales, la caída de Evo supone el simbólico final de un ciclo político.

A pesar del oprobioso fraude electoral y las multitudinarias manifestaciones populares en contra, no deja de ser sorprendente la caída de Evo. Se le suponía mayor poder y aceptación popular, al menos en comparación con Maduro. Productor de gas natural y estaño, la Bolivia de Evo vivió un boom económico desde su llegada al poder en 2005 que hoy, vista la mascarada electoral y la gran mobilización popular, parece cosa del pasado. Ese boom económico posibilitó la aparición de una clase media que, en la crisis actual, al parecer resultó decisiva para la caída de Evo. Eso revela el ascenso de clases sociales con sentido de ciudadanía y del ejercicio democrático.

A diferencia del usurpador Maduro, Evo al menos tuvo la altura y la responsabilidad de renunciar, seguramente presionado por un contexto que se le volvía en contra. Con su decisión, ayudó a evitar un posible “baño de sangre”, toda vez las Fuerzas Armadas, lejos de un “golpe de Estado” como la izquierda mundial quiere hacer ver, hizo valer su prerrogativa constitucional de intervenir para evitar males mayores.

Y es de resaltar cuáles son los resultados de aquellos presidentes que, presionados por crisis políticas y sociales, deciden ceder tácticamente a las demandas populares. Lenín Moreno lo hizo en Ecuador, negociando con la poderosa CONAIE, y se desactivaron las protestas. En Chile, Sebastián Piñera llamó a un proceso constituyente de reforma constitucional, principal clamor de los manifestantes, muchos de ellos incomprensiblemente vandálicos, y las protestas parecen remitir. Antes de su renuncia, Evo llamó a una nueva convocatoria electoral. Pero el malestar ya era imparable y terminó llevándoselo por delante.

La caída de Evo es una lección democrática para América Latina. Y una señal inequívoca de que la usurpación del poder no tiene cabida cuando el clamor popular pide democracia y transparencia. En Bolivia sí hubo “cese de la usurpación”. Y deben venir ahora “gobierno de transición y elecciones libres”. La cacareada “brisita” anunciada por Diosdado se les ha vuelto en contra. Un “huracán democrático” (Guaidó dixit) parece ir formándose. Maduro, toma nota, si es que puedes.

 


 

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