La lección uruguaya

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América del Sur debe aprender del civismo electoral y político uruguayo

Este domingo 24 de noviembre hubo segunda vuelta electoral en Uruguay. Tras 15 años en el poder, el izquierdista Frente Amplio se sometía a la posibilidad de una alternancia y una transición política a favor del derechista Partido Nacional, rejuvenecido en el liderazgo de Alberto Lacalle Pou. Pero el ballotage arrojó un resultado muy ajustado: Lacalle Pou alcanzó el 48,71% y el “frenteamplista” Daniel Martínez, el 47,51%.

La diferencia fueron poco más de 28.000 votos a favor de Lacalle Pou. Pero restan por contar unos 35.000 del “voto observado”, aquellos que no sufragaron en el circuito establecido por la Corte Electoral. La decisión se sabrá esta semana, pero muchos dan como irreversible la ventaja de Lacalle Pou.

A falta de escrutar este voto, el derrotado Martínez aún no reconoció la victoria de su rival Lacalle Pou, lo cual deja margen para la incertidumbre y cierto nivel de tensión. Quien sí felicitó a Lacalle Pou fue el actual presidente Tabaré Vázquez, también del Frente Amplio. Ya antes de la votación, Vázquez, quien ya fuera presidente entre 2004 y 2009, declaró que la alternancia en el poder “es innata y saludable para la democracia”.

Lo de Uruguay es una lección democrática para una América del Sur convulsionada por crisis, algunas de ellas como la boliviana, originadas por un fraude electoral y las ambiciones hegemónicas de poder. Pero también para las autoridades interinas de facto que hoy tienen el poder en La Paz. Independientemente del resultado final en Uruguay, es perceptible que está trazándose una transición política salida de las urnas, institucionalizada, producto de la madurez política de una sociedad. Una lección en medio de la convulsión y los conatos caóticos que vive la región.

Hubo un tiempo en que, coloquialmente, a Uruguay se le conocía como “la Suiza de Sudamérica”. Un país con elevados niveles de educación y cultura cívica. Una población que gozaba de una estabilidad política y económica, que le permitió convertirse en un mosaico de integración de nacionalidades producto de la inmigración. Pero que, como la mayor parte del resto de la región, tampoco escapó de largos períodos de dictadura militar hasta la definitiva transición democrática en 1984.

Hoy Uruguay vive una especie de tercera transición. La segunda fue en 2004, cuando el Frente Amplio, de la mano del actual presidente Tabaré Vázquez, entonces en su primer mandato, se convirtió en la primera plataforma izquierdista en alcanzar el poder por la vía electoral, rompiendo el histórico bipartidismo entre “blancos” y “colorados” vigente desde el siglo XIX. Lo hizo en un momento en que la ola de gobiernos de izquierdas y progresistas recorría la región. Lo continuó en 2009 con Pepe Mújica y en 2014 de nuevo con Tabaré.

Casi dos décadas después, Uruguay exhibe un notable clima de estabilidad, a pesar de estar sufriendo estancamiento y recesión económica, y de importantes logros sociales. Pero esa estabilidad debía medir una nueva transición política por la vía electoral. El voto a Lacalle Pou pero, principalmente, a un outsider como Guido Manini Ríos (11%), abanderado del nacionalista Cabildo Abierto, con pasado militar, atomizó aún más la elección en esta segunda vuelta. El auge de la inseguridad ciudadana, algo recurrente en América Latina, se agudizó en Uruguay precisamente estos últimos años, producto también de la crisis económica. La opción de Manini Ríos denota un nuevo actor en la política regional: el “bolsonarismo” proveniente del mundo militar, que apuesta por la “mano dura” contra la criminalidad.

Este domingo se cumplió un proceso clave para la historia contemporánea uruguaya y se abre otro. Pero este nuevo período pondrá a prueba la consistencia institucional y el consenso político existente, tomando en cuenta la polarización salida de las urnas. También el peso que proyecta el país a nivel regional.

Entre estos retos están medir los efectos regionales de las convulsiones en Chile, Bolivia y Colombia, el retorno del kirchnerismo en la vecina Argentina, las incertidumbres del Brasil de Bolsonaro, el futuro del MERCOSUR, la posición que adoptará el presumible próximo gobierno con Lacalle Pou al frente, particularmente con respecto a Venezuela (se intuye su apoyo a la legitimidad presidencial de Guaidó), toda vez el Uruguay de Tabaré, junto con el México de López Obrador, apostaban por la vía del diálogo con Maduro para solucionar la crisis venezolana.

Con madurez electoral e institucional, Uruguay hizo una nueva transición en la que se presume el retorno de la derecha al poder, sin discriminaciones ni ofensas al vencido. Una derecha que, no obstante, dependerá de pactos circunstanciales con la plataforma de partidos políticos que llevó a Lacalle Pou a la presidencia. Pero la lección uruguaya debe ser un referente para una América del Sur convulsionada. Y un referente de democracia que, visto el panorama regional, precisa aprender urgentemente de la “transición a la uruguaya”.

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