China a los 70. Lecciones para Venezuela

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La transformación china y la crisis venezolana

China celebró este 1º de octubre el septuagésimo aniversario de la proclamación de la República Popular en 1949, en tiempos de Mao tse Tung. Bajo un fastuoso desfile militar, la China de hoy poco tiene que ver con los sueños socialistas de su fundador Mao. Con siete décadas de maoísmo, oficial e históricamente China ha superado a la ex URSS (69 años) como la república socialista más longeva, sólo superada por Corea del Norte (61 años). Laos (66 años), Vietnam (65 años) y Cuba (60 años) le vienen a la zaga en el podio de repúblicas socialistas que aún hoy siguen vigentes.

La China de hoy no le debe mucho a Mao. Le debe más a su sucesor y reformador, Deng Xiaoping. Tras el calculado proceso de “desmaoización”, similar a la “desestalinización” en la URSS tras la muerte de Stalin en la década de 1950, el rumbo de la China post-Mao fue diametralmente distinto. Adoptó a partir de 1978 una versión ideológica más flexible, una conjunción de apertura económica con control estatal bajo el hegemónico Partido Comunista que dio resultados impresionantes en términos históricos.

Cuatro décadas después de la “desmaoización” iniciada por Deng Xiaoping, China se ha convertido en la segunda potencia económica a nivel mundial, por detrás de EE.UU. Y la perspectiva es que en las próximas décadas, China superará a Occidente como polo hegemónico.

En las últimas tres décadas, y gracias a la apertura económica, más de 800 millones de chinos han salido de la pobreza, mientras el país registra hoy una impresionante clase media en ascenso de aproximadamente 400 millones de personas. Registros estratosféricos, obviamente medidos por ser el país con mayor población del planeta, unas 1.400 millones de personas. La China de hoy es un hub tecnológico de alto nivel, con capacidad suficiente para desafiar la hegemonía occidental.

Lo de China es una transformación igualmente impresionante a niveles históricos en un período tan corto de tiempo, apenas cuatro décadas. Una transformación propiciada por un singular sistema de autoritarismo político bajo la égida del Partido Comunista y un sistema de mercado flexible pero igualmente controlado por el Estado. No sueñen con libertades y democracia occidental en China. A diferencia de lo que fue la URSS en sus últimos años, la China de hoy exhibe otro prisma. No hay gerontocracia anquilosada en el poder. No hay deslegitimación del sistema. Deng Xiaoping y sus sucesores interpretaron muy bien las deficiencias del sistema maoísta. Se adelantaron diez años a la caída del Muro de Berlín (1989) y a la desintegración de la URSS (1991). La clave del éxito fue la apertura económica controlada por el poder estatal.

Eso no esconde otros aspectos no menos importantes. Bajo los estándares occidentales, China sigue siendo un país donde la censura, la represión y las violaciones de derechos humanos (hoy obviamente menores que en tiempos de Mao) siguen siendo evidentes. Mientras el poder chino celebra su 70º aniversario de República Popular, en Hong Kong se reproducen las protestas contra una polémica ley de extradición a China. El gigante asiático, el quebradero de cabeza para Trump, el país que impulsa una especie de “globalización a la china” en tiempos de proteccionismo comercial, principalmente en EE.UU y Occidente, vive tiempos no menos complejos. Los próximos años serán decisivos para calibrar el verdadero poder chino. Serán decisivos en el pulso de poder global que libran EE.UU y China, donde Rusia se asoma como pieza clave de un equilibrio de poder sinuoso.

En clave de la crisis venezolana, ver lo que sucede en la China de hoy es una lección aunque no debe ser necesariamente una referencia. China ha sido tradicionalmente un aliado de Chávez y del usurpador Maduro. El gigante asiático se ha posicionado como un poder económico clave en Venezuela. Ha explotado inmisericordemente las riquezas naturales venezolanas, desde la Faja Petrolífera del Orinoco hasta el Arco Minero. Ha apoyado oficialmente a Maduro, pero el tradicional pragmatismo chino no le ha impedido mantener distancia cuando las crisis agudiza. Con discreción y habilidad, Beijing negocia en silencio tanto con Maduro como con Guaidó. Y sabe cuáles son las “líneas rojas” que puede o no cruzar.

Lejos de la rocambolesca diatriba revolucionaria que por cinismo Maduro y sus acólitos exhiben cada vez que hay una celebración histórica del nivel que exhibe actualmente China, la Venezuela de hoy presenta una radiografía diametralmente diferente. Con una crisis humanitaria que ha provocado el éxodo de más de cuatro millones de venezolanos, represión, violaciones de derechos humanos (allí está el demoledor Informe Bachelet), hambre, escasez y una crisis política y de legitimidad latente, Venezuela debe ver otros horizontes, motivados por la necesaria reconciliación y reconstrucción que no pueden comulgar con la impunidad y la injusticia.

La usurpación de Maduro bien quisiera celebrar una onomástica septuagenaria como la china. Pero los tiempos y las circunstancias históricas no son similares. La lección china para Venezuela debe interpretarse por otros horizontes. Si Deng inició la “desmaoización”, Venezuela debe asumir el pasar página del trágico experimento chavista. Sólo así podrá tener una brizca de esperanza que le permita salir adelante.

 

 

 

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